jueves, 16 de julio de 2009

COLABORACION ESPECIAL


Por Moisés Sánchez Limón

Una noche del año 2000, el priismo se sacudió del letargo en el que lo había sumido el disfrute de las mieles del poder. Décadas de hegemonía se despeñaron en el momento en que el entonces presidente Ernesto Zedillo, mas no el candidato del tricolor, Francisco Labastida Ochoa, aceptaba la derrota del Partido Revolucionario Institucional en las urnas, y alzaba el brazo al panista Vicente Fox Quesada.
Zedillo Ponce de León había abonado en ese terreno donde el PRI perdió el poder con la declarada “sana distancia” del partido que lo llevó a la Presidencia de la República, en calidad de candidato suplente, tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta, el entonces jefe del Ejecutivo federal abrió la puerta a la transición partidista en el poder.Y entonces, en la orfandad, sin jefe ni brújula ni alimento presupuestal directo, el PRI buscó sobrevivir a la hecatombe.

Los gobernadores priistas se volvieron virreyes y determinaron el control del partido, aunque en su seno se cocinaba la aspiración por recuperar la Presidencia de la República. Y la errática y analfabeta forma de ejercer el poder, hizo de Vicente Fox el medio idóneo para que un prohombre del tricolor volviera a despachar desde la oficina principal de la residencia oficial de Los Pinos, y esporádicamente de la que tiene en el segundo piso del ala sur del Palacio Nacional.

Sí, en ese sentido, el PRI trabajo y en las elecciones federales intermedias de 2003 recuperó terreno y la primera minoría en la Cámara de Diputados. Pero las diferencias domésticas en la bancada, que llevaron a Elba Esther Gordillo Morales a dimitir primero a la coordinación de ésta, y luego a su militancia en el partido, fueron pauta para considerar que el tricolor no volvería a la Presidencia de la República en esas condiciones.Y es que el PRI se había atomizado. Había pequeños partidos en todo el país. Incluso el Comité Ejecutivo Nacional se fragmentaría luego de que Beatriz Elena Paredes Rangel perdió la elección, frente a Roberto Madrazo Pintado, por la presidencia del CEN tricolor.

Madrazo operó en asuntos propios y como dirigente nacional del PRI, se catapultó hacia la candidatura por la Presidencia de la República en la contienda de 2006. Gobernadores-virreyes le combatieron integrándose en eso que se llamó el TUCOM (Todos Unidos Contra Madrazo), pero Roberto les ganó la partida.

El hecho es que en el triunfo personal arrastró la segunda derrota del PRI en pos de la Presidencia de la República. Fue, entonces, una severa lección que el PRI debió asimilar como tercera fuerza en la 60 Legislatura de la Cámara de Diputados, y la segunda en el Senado.

Con Felipe Calderón en la Presidencia, el PRI operó, empero, como una primera fuerza política en el Congreso de la Unión. Operó y de sus huestes dependió, por ejemplo, que Calderón rindiera protesta como Presidente de la República. Pero, en el transcurrir de la 60 Legislatura, tanto en el Senado como señaladamente en la Cámara baja, el PAN dejó abiertos los espacios que el PRI asumió, como igual se comportó en estancos pacíficos mientras el PRD, aliado con el PT y Convergencia, tomaba la tribuna de la Cámara de Diputados y evidenciaban, de esa manera la imposibilidad de ponerse de acuerdo, en esa cacareada izquierda muy a la mexicana, para poder ejercer el poder.

¿Por qué el PRI obtuvo el triunfo en la mayoría de los 300 distritos electorales federales y los distritales del país? Una frase fundamente la victoria: aprendió de la derrota.

El tricolor evitó el choque, dejó que el dirigente del PAN, Germán Martínez Cázares, lo vapuleara, mientras Andrés Manuel López Obrador hacía añicos al PRD y dividía a petistas y convergentes, enfrentados con el perredismo de la llamada auténtica izquierda mexicana.Con resultados más tangibles en 18 gobiernos estatales, amplió su margen a Querétaro y San Luis Potosí, donde el PAN perdió cohesión.

El PRI espero, se disciplinó, recuperó espacios en los niveles distritales, es decir, los que dan votos, y aceptó que dos veces había cometido el error de alejarse del electorado, aunque en realidad lo había perdido la disputa entre sus virreyes, en esa lucha por un poder que ya no tenía y que, ahora lo entienden, sólo pueden detentar si están unidos.

El PRI –parece—aprendió de la experiencia que da ser oposición. Y ganó de calle en la elección del cinco de julio. La batalla, ahora, es administrar ese capital y abonarlo rumbo a la elección madre de 2012.

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